El linotipista de Gabo

Fotos y textos cedidos por Guillermo El Mago Dávila

¡Cuando hay magia en la yema de los dedos!

Foto:Archivo de El Meridiano

Música hermosa surge al acariciar las teclas del piano. Palabras sabias se eternizan al rozar las teclas del Linotipo.

Los dedos se van posando, rítmicamente, sobre el  desgastado teclado. Pequeños y grandes resortes se contraen y se expanden y dejan escapar vertiginosa y ordenadamente, de las celdas de un magazine, las matrices de cobre en las que en su bajo relieve se introduce el candente plomo para darle vida y consistencia a las palabras que ya pueden ser impresas.

Luego de un subir y bajar de cambas que giran sobre ejes de acero y convertirse las letras en lingotes de plomo, con cada palabra en alto relieve, las ideas de los escritores, adquieren importancia ante el mundo.

¡Estos eran los linotipos.

Archivo:Iglesia de San Pedro Claver,Cartagena,Colombia

En Cartagena, en una antiquísima mansión donde sin lugar a dudas sesionaron secretamente los monjes que llegaron para la Sagrada Inquisición y condenaron a la hoguera a más de “una negra mulata pechos de aguacate” como decía Jorge Artel, por seguir los mandatos del Gran Cabrón, los gatos negros maullan en busca de amor sobre el tejado de esta reliquia vecina de la Iglesia de San Pedro Claver, ubicada en la Calle de San Juan de Dios.

Allí, desde el año de 1948, se daba a luz, con un taller de linotipos y rotativa el periódico “El Universal” al cual le había entregado su cuerpo y su alma, y su fortuna, el patricio liberal, hombre de bien en toda la acepción de la palabra, Domingo López Escauriaza, quien luchó por las ideas democráticas, que movían el tejido social de la Ciudad Heroica. Soy contratado por él en Bogotá para que viaje a Cartagena y preste mis servicios de linotipista y le haga mantenimiento a sus máquinas.

En “El Universal”, año 1951, ejerce la Jefatura de Redacción Manuel Clemente Zabala. Gaitanista. Dolorido aún por el asesinato de su amigo y jefe Jorge Eliécer Gaitán. Una redacción competente. En la política y comentarista editorial figura un joven descomplicado, amigable, quien todo lo observa y ríe de los aconteceres de la difícil política del momento en el país. Es un insigne “mamador de gallo” pues tiene a la mano y en su mente los recursos necesarios para burlar a los Censores nombrados por el Gobierno Nacional que vigilan los contenidos políticos de los periódicos liberales. Su nombre: Gabriel García Márquez quien, nuevamente, está  recién llegado a ese diario.

Manuel Clemente Zabala,Maestro de Gabo

Me convierto en el linotipista de Gabriel. Manuel Zabala me entrega sus originales. Son cuartillas escritas de manera clara en las que para cambiar una palabra o una idea él empleaba unas xxxxxxx y seguía luego su nota sin bajarle el ritmo a la forma cómo la había empezado.

El contenido del original muchas veces me hacía detener el trabajo para gozarlo en su totalidad.

Gabriel sentado en la silla de su escritorio mientras leía los diarios, las revistas, o mensajes, levantaba sus piernas y ponía sus pies, calzando zapatos bien lustrados, encima del escritorio.

Gabriel, 24 años. Yo, 22. Él es reconocido como escritor. Sus lectores y directores lo señalan como “promisorio”. Tiene la certeza de lo que será. No tiene dudas sobre a dónde quiere llegar. Yo soy aficionado al hipnotismo, “El Mago” Dávila, linotipista con nueve años de experiencia que me han permitido recorrer los talleres y redacciones de El Liberal, El Espectador, Jornada, El Siglo, entre otros.

Nos hacemos cómplices de Manuel Clemente en el intento de sacar un diario sin errores, bien escrito, al día, y que estuviese en la calle muy a primera hora de la mañana cuando aún no se iniciaba el tránsito de “chivas” (buses) ni la ciudad aún estaba impregnada de los olores y sabores que destacó alguna vez Leonor Espinosa en El Espectador: “Era la Cartagena del comercio ambulante. La gloria de pastelitos, panochas de coco, pan de sal, piñitas de masa blanda encostradas en azúcar, tamarindo, maracuyá y limón rebozados en leche condensada. Petos, mazamorras, alegrías, bollos de mazorca y de angelito, se ofrecían con ahínco en el acontecer de los días. Bocachicos, sábalos, yuca, ñame y compuesto, ingredientes del sancocho de pescado con leche de coco, eran pregonados por carretilleros al brotar el alba los fines de semana”.

Transcurre el  diario laborar. Seguimos el ritmo de la ciudad  y del país. Se pide que cese “la guerra de los linotipos”. Alarman las declaraciones de reinas de belleza. La de Antioquia dice: “el mambo es el peor enemigo del amor”. Escandaliza el costo de un vestido de la del Valle $2.700.oo. Muere  soldado que viajó a Corea con el batallón Colombia: José Delio Macias Zapata, de Quimbaya, Caldas. Es enterrado en Pusán. Eduardo Santos felicita al partido liberal. Los tiburones acaban con los turistas.

Gabo.Foto:Global Voices

Una pausa en la tarde. Salimos a la puerta. O al atrio de la iglesia. El aire viene de la playa del Arsenal. Nosotros somos los personajes. Gabriel  espera del premio por “La Hojarasca” cuyos originales están en Buenos Aires. Mis artes adivinatorias me permiten decirle que sí llegará. Nos tenemos fe. Reíamos. Yo lo apoyaba. No pensábamos en sueños sino en hacer realidad lo que nos proponíamos.

Me hablaba de nombres que si bien, yo los conocía por razones de mi trabajo, no estaban en mis cuentas sus obras: William Faulkner, Joyce, Virginia Wolf…

De Cartagena figuraban Daniel Lemaitre, Donaldo Bossa Herazo, Héctor Rojas Herazo que ya descollaba y estrenaba columna En El Tiempo, el Tuerto López hermano de nuestro director y nos preocupaba el averiguar las razones para bautizar las calles con títulos: Los siete Infantes, La Calle de las Carretas, Tumbamuertos o Espíritu Santo. Teníamos en común el ¡amar con todo amor a Cartagena¡ Adorar al Corralito de Piedra.

Muelle de Los Pegasos,Cartagena

“Por nada estéis afanosos” dice la Biblia y sin proponérnoslo cumplíamos el mandato. Caminábamos por la Plaza de la Inquisición, el Portal de los Dulces, la Plaza de los Coches, el Paseo de los Mártires, el Muelle de los Pegasos y en ocasiones, ya venida la noche, nos íbamos a los mesones de la plaza de mercado a cenar fritos de toda clase, atendidos por travestis geniales, bien arreglados y de modales delicados, quienes al andar, con sus zuecos (zapatos de madera) producían un ritmo que se acomodaba a la música que salía de las gaitas –hembras y machos– cuyos hombres venían de San Jacinto. Un trago de ron era bien recibido a título de aperitivo primero, y luego de acabar con una sopa de tortuga o con un róbalo y el arroz con coco, ese ron era un digestivo.

Las penurias económicas estaban allá en un último plano. Curiosamente López Escauriaza nos había tasado con la misma moneda. Gabriel y yo ganábamos $120.oo (ciento veinte pesos) mensuales cada uno. No nos ocultábamos que la plata no era nuestro fuerte. Yo tenía unos pocos pesos ahorrados y debía girar a mi esposa que se había quedado en Bogotá.  

Sinfín eran nuestras charlas. Oírle hablar de su Hojarasca y también de los curanderos de las sabanas de Bolívar, de La Guajira y sus gentes, de las tribus y sus creencias, de la Princesita de La Sierpe, era fascinador. Habla pausado. Escribía y describía las palabras de tal manera que uno se sentía atrapado por la serpiente o por la bruja. Yo hablaba de los trucos que le enseñan al hombre a no complicarse la vida y a buscar la felicidad en las cosas más elementales.

Otras veces nuestra tertulia se animaba con compañeros de trabajo y periodistas que llegaban de otros medios a las murallas en donde al son de conjuntos vallenatos departíamos sobre lo humano y lo divino llevándome una peor parte cuando se hablaba de trabajo pues los colegas de la linotipia no podían aceptar “¡anjá! que un cachaco ocupara un puesto de un costeño”. Ellos habían olvidado que yo había llegado “muy pelao” a la ciudad y estudié en la escuela del profe Mendoza, la Antonio Nariño; que había bateado un jonrón jugando con la tapita; que me harte de icaco en el laguito cuando ni siquiera se había pensado en construir el Hotel del Caribe. ¡Anjá!

Gabriel García Márquez me defendía y explicaba los motivos de mi presencia en el cargo: carencia de personal idóneo.

Fue allí, en una de esas noches, cuando pensé que Gabriel García Márquez era el hombre para que hiciésemos el periódico que había soñado: ¡el más pequeño del mundo! Se lo propuse. Me lo aceptó. Se llamaría Comprimido.

Y así, dos jóvenes, él y yo, emprendimos una aventura, de esto hace 66 años. Iniciamos una empresa. No nos faltó la osadía aunque nos faltó la plata. Pero ahí está Comprimido como una muestra de que fuimos de avanzada en el periodismo nacional y de que amamos a Cartagena hasta la exhalación del último suspiro…

Y remato, para quienes se han preguntado por qué un linotipista mago y un premio Nobel de la literatura colombiana resultaron ser amigos y socios en su juventud, repitiendo las palabras de mi socio en Vivir para Contarla: “Para mí, compartir con un mago la rutina diaria fue como descubrir por fin la realidad”.

 

Texto de Guillermo “El Mago” Dávila.